viernes, 14 de octubre de 2011

Un, dos, tres, gloria a Dios, aleluya...

Después de viajar 10 horas ensardinada en una "voladora" (lancha motora con capacidad para diez personas en la que viajábamos unas veinticinco), llegamos a un pueblito perdido sobre el Río Negro, en el Estado Amazonas, Venezuela. Estaban montando flor de guateque. Era un guateque evangelista. Así probaban el micrófono: un, dos, tres, gloria a Dios, aleluya, hola, hola, aleluya...
Yo estoy probando mi blog. Todo de él y en él. Gloria a Dios.

jueves, 6 de octubre de 2011

Ser amateurs os hará libres

¿En qué se parecen una adolescente italiana que va a una academia de modelos, un pibe que juega en el equipo de baby fútbol del Vasco da Gama y un joven uruguayo que escribe cuentos emulando a Carver y los manda a todos los concursos? A working class hero is something to be. Malas noticias para el joven uruguayo: ser un profesional de la literatura fue un estado momentáneo y precario, que solo pudo funcionar en determinado momento histórico. Basta con hacer un pequeño sondeo. Pero supongamos que el uruguayo tiene suficiente traza y, sobre todo, el azar hace que consiga ganarse el pan escribiendo, después, claro está, de haber aprendido el oficio y sus vericuetos. Tiene un accidente de tráfico y se va al cielo de los artistas, y para su sorpresa, San Pedro Artista le dice, hojeando la lista de admisión…. Pincinatti… Pincinatti… Sí, tenemos un Pincinatti, pero es Luca, no Mariano. Ah, ta, se confundieron con mi hermano. Y agrega, arqueando las cejas y sonriendo de lado con ese gesto que reserva para los momentos de complicidad: es un punkillo que no sabe más de dos acordes. San Pedro Artista se apiada y hace un par de llamadas. Por fin regresa, contento de haber aclarado el malentendido y de tener dónde colocar el muerto. Sr. Pincinatti, me confirman que lo están esperando en el cielo de los obreros. ¿De los obreros? Sí, en la sección de los obreros de la industria editorial. (Todo bien, Mariano, también las pelis comerciales están buenas, no te calentés que ya fue. Y aparte ¿qué tiene de malo? Vivías bien, salías en las revistas, en los aviones te ganabas más de una minita solo con decir que eras escritor).

Vayamos ahora a la Tierra. Luca Pincinatti, además de cantar en una banda, ha escrito toda la vida. Tiene más de una novela circulando en la red y en algunas manoseadas fotocopias. Empieza a salir con la sobrina del de Anagrama. Ella convence a Luca de que la presente y a su tío de que le eche un vistazo, y este último la lee personalmente, por compromiso y curiosidad de ver con quién anda la nena. Se apiada de Luca –él también fue joven y poeta, piensa- y le escribe con una serie de consejos: deberías trabajar un poco más los personajes. Está escrita muy en uruguayo, te iría mejor si estandarizás un poco la lengua. La extensión también es un tema, las novelas ni muy cortas ni muy largas no se venden. Ah, y tampoco creo que sea buena idea eso de empezar cada capítulo parafraseando a Borges. Mirá flaco, te lo digo en una buena, porque creo que tenés talento.

Por un momento, Luca duda de sí mismo, siente que es un fraude, que a lo mejor debería dejar de robarle horas al sueño y trabajar más horas en el Telepizza, a lo mejor apuntarse en la UTU.

Pero su amigo es un intelectual. Está estudiando estética en la universidad de Buenos Aires y acaba de leer un texto de César Aira que habla de “La nueva escritura”. Tiene varios amigos que escriben y hacen cosas relativamente parecidas a las de Luca. Las historias son distintas –algunos hacen ciencia ficción, otros novela negra. Pero todos parecen estar escribiendo experimentos. El amigo en cuestión se emociona. Decide fundar una editorial independiente, cuyo fondo se nutre de autores de diversas procedencias pero con algo en común: su falta de solemnidad. No, no es que pongan “mierda” cada tres frases, ni que escriban como una mala traducción del inglés. Su falta de solemnidad consiste en que se les nota que escriben para saber cómo escribirían si escribieran, como dice Vila-Plantas (o algo así).

Luca publica su novela “El facebook de Virginia Woolf”, y en poco tiempo los ejemplares se agotan (lo que tampoco es decir mucho, porque la tirada fue de quinientos). Entre los gastos de imprenta, distribución y promoción, nadie ve un peso. La madre de Luca, consabida amante de las letras, le pregunta, algo enfadada, luego de leerla. Bastante enfadada, de hecho. Más bien digamos que lo increpa: Pero, Luca, ¿esto qué es? (Luca se ve sí mismo a los cuatro años, con el pantalón cagado y la madre preguntando ¿pero qué es esto? como si no fuera obvio que aquello era caca) ¿Cómo que qué es? Eso ¿ que qué es? ¿Son relatos? ¿Son diarios? ¿Qué? Yo creo que es una novela, mamá, pero llamale “x”.
La editorial cierra pero todos quedan amigos, y van colgando cosas en internet.


En el 2070, la nieta de Luca Pincinatti, quien pasó de flaco raquítico a rayar en la obesidad a base de sedentarismo y pizza (y de haber dejado la merca, claro) y murió feliz y con cuatro nietos (porque también dejó el malditismo), escucha al profe de historia de las vanguardias explicar que su abuelo formó parte de la generación que inventó la novela del siglo XXI. O a lo mejor no lo reconoce la Historia. Es igual: ser amateurs os hará libres.