sábado, 19 de abril de 2014

Aimerais-tu t'évader?

Pertenece a los tópicos de la crítica cultural moderna juzgar el escapismo como una pulsión irresponsable ante los imperativos del principio de realidad, susceptible incluso de degenerar en estados patológicos de disociación. 

Sin embargo, algunos de estos planteamientos parecen no haber comprendido un hecho antropológico previo a cualquier juicio de valor: que el ser humano es un animal inquieto que necesita ausentarse provisionalmente de una realidad generadora de dolor y angustia y que algunas formas de evasión desempeñan una función valiosa incluso desde el punto de vista de la supervivencia.
(de la reseña de “Escapismos”, de Yi Fu Tuan)

En va espereu que els dies
prodiguin meravelles.
No hi ha ocells, asseguro,
ni flors en la nit alta.
Només crit uniforme
de l’ombra, pedra grisa
i, en vosaltres, crepuscles
descolorits que us burxen
fatalment les espatlles.
Hi ha un remei: evadiu-vos.
Evadiu-vos! No us manquen
pas espills ni vehicles
per fer la prova.
Altrament, no puc dir-vos
cap secret de l’ofici.
Sóc antic i vosaltres
no em podríeu comprendre.

En vano esperáis que los días
prodiguen maravillas.
No hay pájaros, aseguro,
ni flores en la noche alta.
Solo grito uniforme
de la sombra, piedra gris
y, en vosotros, crepúsculos
descoloridos que atizan
fatalmente vuestros hombros.
Hay un remedio: evadíos.
¡Evadíos! No os faltan
espejos ni vehículo
para hacer la prueba.
Aparte de eso, no puedo daros
ningún otro secreto del oficio.
Soy antiguo y vosotros
no podríais comprenderme.


De Paraules al vent, Miquel Martí i Pol

Edith Piaf, la Amy Winehouse de la chanson française:

martes, 8 de abril de 2014

El efecto abrasivo

Foto: Samuel Aranda

El efecto abrasivo (variación sobre el reflejo de un fluorescente y una pietà moderna)

Los destellos de la ambulancia sobre la cara herida de la ex son los mismos que cuando cogían, hace quince años, iluminados por el fluorescente de la farmacia de enfrente. En aquel entonces hubo una noche en que ella se le prefiguró como un cadáver, cuando la cruz se puso verde, y ahora, en cambio, la luz roja de la ambulancia vuelve a arrebolarla como una hoguera, creando la ilusión de una cara joven -ahora que ya no la tiene, que no la tendrá nunca más- cuando en cambio aquella vez él vio en el rostro de ella a la madre seca, enjuta, el negativo de la voluptuosidad, como esos dibujitos en que el gato mete el dedo en el enchufe y se le ve el esqueleto por un segundo. No, el tiempo no existe, porque ahora, arrodillado en el pavimento duro, la cara de ella encendida por la luz de la ambulancia parece la de las tardes remotas cuando era suya. Esas tardes en que ella llegaba de trabajar y se saltaba el almuerzo, se iba con la cerveza en la mano directa a bajarle los pantalones y a montarlo, y se le quedaba la cara enrojecida por el roce de la barba de tres días. ¡Cómo le gustaba a ella eso, al principio! Se restregaba contra su cara y él le mordía los pómulos. Ella quería que la mordiera, que la marcara, qué poco se imaginaba que quince años después se iba a estar poniendo base y hasta averiguando en internet cómo sacarse esas “ desagradables manchas de la cara debidas al efecto abrasivo del sol y los elementos”.
No, el tiempo sí existe, y tiene el mal gusto de pasar como un lugar común. Como en un mal tópico, ella había cambiado las siestas sin almuerzo por la cara larga de alguien que lleva horas esperando, y los poemas dentro de la nevera por listas de tareas del hogar. Todavía hay que agradecer que la felicidad duró demasiado. Con el primer hijo todavía hubo siestas. A veces él no esperaba a que el bebé se durmiera. Le metía la lengua y después el dedo hasta el fondo mientras ella aún lo tenía en la teta. Solo con él habría sido posible, otro no se habría atrevido, a otra no le habría gustado, le habría parecido quizás obsceno. El sexo nunca había sido un problema. El problema, justamente, fue el deseo. El deseo de ella parecía no tener límite. Y con el segundo hijo, y las obligaciones, ella empezó a increparlo porque nunca estaba, y él empezó a irse para no ser increpado. ¿Cómo fue que pasó? No habría costado nada relajarse al final de la jornada, pero el deseo se volvió una jaula de la que él solo supo salir huyendo.
Después la admiró. Transcurridos los años del llanto y del reproche de ella, él se jactaba ridículamente de que la madre de sus hijos era la mujer más inteligente con la que jamás se había topado. Ella, en cambio, lo dejó de admirar casi enseguida. Superada la obsesión primera, vibrante y enferma como un caballo desbocado, un buen día lo vio pequeño. De repente sus comentarios le parecieron evidentes, insípidos, y sus chistes, desesperados.
Él se volvió a casar enseguida, como suelen hacer los mujeriegos, se aferró a una nueva mujer a quien deslumbró y por quien fue deslumbrado, al principio, intensamente, en cuyos brazos lloró también alguna vez, como lo había hecho con ella, como hacía siempre que se permitía ser el niño desamparado que era con una polla que mandaba sobre él.
Primero la odió, antes de la admiración. La odió porque ella lo sabía todo, lo sabía siempre, lo leía como un párrafo en Times New Roman 12, así de claro, conocía su historia, sus miedos, las oquedades de su cuerpo, jugaba en la venerable y odiada liga de la familia, de la madre a la que no se le puede ocultar nada. La odió y luego la admiró, como se admira a una bisabuela.
Ahora está tirada en el asfalto, con la pierna doblada contra natura y la cara de hace veinte años, y hay un revuelo de paramédicos que se la empiezan a llevar en una camilla mientras él grita como un loco que no, que no se la lleven, que no se la lleven como se llevaron a su madre, tapada con una sábana, que no se la arranquen, que no lo dejen ahí solo bajo la lluvia, un niño enfurruñado, desamparado, un loco, un sin techo pregonando la historia de su vida a unos oídos ajenos que no escuchan, a unos ojos que no lo ven, no se la lleven, a ella no, a ella que hace veinte años que es mi pilar, a ella no, no se la lleven, a ella que conoció a mi madre, a ella que me sostiene, a ella a la que no hay que explicarle nada porque todo lo entiende, a ella no, carajo, a ella no, tachero hijodeputa dónde está que lo mato, suéltenme carajo, a ella no, no se la lleven [y en eso llegan sus hijas, huérfanas de madre recién muerta, y entre las dos le agarran las manos desolladas de aporrear primero la ambulancia y luego el pavimento, lo levantan de la acera, casi se diría que lo levantan en andas, y, entre las dos, se lo llevan a él de la escena ya vacía].

sábado, 29 de marzo de 2014

Ya está aquí



"Ya está aquí .. 
¿Quién lo vio bailar como un lazo en un ventilador? 
¿Quién iba a decir que sin carbón no hay reyes magos?" 


Te sentís omnisciente cuando sos vendedor viajante. Compartís una cierta intimidad de la soledad con los parroquianos de rutina y los profesores itinerantes. Ser profesora itinerante tiene algo de los cuentos de fonda, esos a los que llegan los que están de paso, como a El Pony Pisador. La segunda noche la señora del hostal me preparó una sopa, “para la maestra”. La primera noche cuando salí del instituto no quedaba nadie por el pueblo ni por la carretera que lo corta por el medio. Estuve tres días y comí en 3 bares diferentes. Los tres los regenteaban mujeres, dos de ellas demasiado viejas para el flirteo y la tercera, sin vocación para él, de nacimiento. Tras la primera noche desayuné en un bar donde había un hombre muy guapo, alto y de voz grave, con una coleta larga atravesada por varias gomas en distintos puntos, como se usaba en los primeros noventa, barba también, una voz grave con acento local y un aire de paz. Me pregunté qué hacía en el bar un día de semana por la mañana en actitud de tener todo el tiempo del mundo. No me dio charla de entrada. Eso me gustó. La noche anterior, en el instituto, todos los profes desfilaron para saludar a “la sustituta” y casi diría que fueron demasiado solícitos. Este pibe no. Tampoco fue calculadamente indiferente. Simplemente continuó allí, sin esa curiosidad desesperada de los otros, con la templanza de las cantinas de pueblo acostumbradas a ver pasar forasteros sin coserlos a preguntas. No sé cómo fue que empezamos a charlar, así, entre todos, charla de bar. La regenta y una parroquiana hablaron de sus perritos. La parroquiana enseñó el chalequito que le había comprado al suyo para que no pasara frío. El guapo tranquilo con aire de ex metalero místico no mostró condescendencia, no buscó la complicidad de la burla o el sarcasmo. Eso me gustó. Parecían conocerse, todos, de toda la vida. La hija de la parroquiana entró a tomar un cortado con su madre antes de ir al trabajo. Calculo que pasaría de los cuarenta o cuarenta y cinco, aunque es difícil decirlo. Sin duda no era joven, pero además estaba teñida y maquillada sin provocación, vestida como de oficina, correcta y maquillada pero nada sexy, vestida como con resignación. Ella sí se dirigió al ex metalero con un cierto nerviosismo de tensión sensual. Él, impávido. Luego la cuarentona se fue con su madre. La regenta, el guapo, un señor que tomaba un cortado de pie y yo, nos quedamos. El señor le preguntó al guapo algo sobre cómo estaba su mano. Él la levantó un poco y se la palpó y por primera vez reparé en que la tenía vendada. Como mi rodilla hace unas semanas, pensé, recordando los vermuts en muletas en el bar de la plaza. Entonces entendí qué hacía en el bar con todo el tiempo del mundo. Yo pregunté si en el ayuntamiento me darían algún mapa y así empezó la conversación entre la regenta, él y yo. No me resultó un recurso barato, pero no pude dejar de darme cuenta de que le salió el comentario porque estaba yo, cuando nombró a Andy Warhol. Lo dijo para ilustrar cómo de pueblerina era la biblioteca que la bibliotecaria no sabía quién era Warhol. Pero enseguida, aunque con naturalidad, aclaró que él no es que fuera ningún cultureta, pero no saber quién es Warhol.... Me indicaron algunos sitios lindos para ver, pero los citaron de la manera más prosaica, sin desgana ni entusiasmo. Cuando me fui, el guapo dijo algo así como que adiós y que quizás nos viéramos por allí, con la misma mansedumbre con la que había entablado conversación. Con la misma paz. Pensé que quizás volviera al día siguiente a desayunar. Pero ya no volví.
En el instituto uno de los profes me estuvo contando sobre sus viajes con su flamante esposa. Un tipo enorme y bonachón, rayando los dos metros de altura y los cincuenta años. Otro más joven y muy musculado quiso lucirse descaradamente hablando de sus escaladas y hábitos deportivos. La última noche me dio indicaciones para volver a casa, y a la hora en que acabé el trayecto me mandó un mensaje para preguntarme si había llegado bien. Se lo agradecí internamente, pero ni siquiera me hizo ilusión que se ocupara. Seres solitarios comenzando a envejecer. Sin siquiera embrión de conexión.
Creo que la carretera fue lo mejor de todo el viaje. No, no estoy segura, ver a la gente en la intimidad de la noche también. Lo mejor fue la omnisciencia. Esa distancia que solo la da el llegar de lejos, de otro sitio y de otra rutina. Llegar y ver primero las luces del pueblo, el contorno entero del pueblo desde afuera, para luego ver los cuadraditos de luces de las casas, y finalmente entrar en alguno, en algún instituto, en algún bar, en alguna cama.
El camino de vuelta se me hizo corto. Fui escuchando el Flashpoint de los Rolling Stones y luego el Death to the Pixies. La omnisciencia que da la carretera, que da luego entrar en tu pueblo por la noche, cuando todo el mundo está en sus casas. Ver la luz encendida en la ventana de Biel, la furgoneta de Claudia y de Luisa aparcadas ya para la noche, la casa de Andrés como una tele porque es un bajo y se ve hacia adentro. Llegando a Cardòs conduje un rato detrás de un coche pequeñito como el mío. Me pregunté quién iría dentro. De a ratos se iba tan hacia el centro de la carretera que me pregunté si el conductor se estaría quedando dormido. No, no era de dormido el zigzagueo lento. Qué peligro, pensé. Cuando llegamos a Cardòs se me ocurrió que podía ser el coche de la nueva amante del que hace un mes era mi hombre (sí, ya sé que no es políticamente correcto eso de “mi hombre”). Pensé, anda, si esto fuera Mullholland Drive quizás haría caer el auto al río. Si fuera un cuento, podría matarla. Pero era demasiado evidente como recurso literario. Y demasiado lejos de mi afán. No, yo estaba gozando del poder de la omnisciencia, placer mayor que cualquier otro que conozca, voyeurismo diría que literario. Cuando aparcó y yo pasé de largo no pude evitar mirar hacia dentro del coche. Sí, era ella en su coche gris y con tremenda cara de cansancio. Una expresión apagada, de profesora que vuelve a casa tarde tras una jornada larga. Inmediatamente me vino a la mente Eleanor Rigby. “Ah, look at all the lonely people”. Pero no era más que el reflejo de mi alma. Llegué al pueblo a tiempo de ir a saludar a Luisa por su cumpleaños. Los amigos que quedaban también tenían cara de cansados y de fumados. Me hice un canuto para relajarme y sentir que había llegado a casa. Al irme pasé por delante de la puerta de mi reciente amigoamante. Hacía unas horas, antes de acometer la carretera, le había enviado un mensaje diciéndole que se pillara fiesta de su chica para yo colarme en su cama. Me contestó con una claridad que no le había conocido hasta ahora. “Gracias por el ofrecimiento nocturno pero no esta noche. No puedo y no quiero. Nos vemos mañana”. Creo que fue generoso al ser tan claro. Me pregunté si él ya era así o si de alguna manera era yo quién se la había mostrado, esa generosidad. Quizás pensar eso fue una especie de crédito consuelo, como esas ex que patéticamente dicen “yo le enseñé todo lo que sabe”. En todo caso, fue rasamente claro. La conexión, nuestra conexión, la está apagando. Yo tenía ganas de contarle mis andanzas, de fumarme porro con él y relajarme entre sus brazos. Y sí, también de bucear en su boca y en sus palabras, de escucharlo y tocarlo, de sentir una vez más cómo intentaba metérseme adentro, buscarme. Pero la desconexión llegó. “Ya está aquí / ¿Quién lo vio bailar como un lazo en un ventilador ..? /
¿Quién iba a decir que sin borrón no hay trato ..? / El futuro se vistió con el traje nuevo del emperador. / ¿Quién iba a decir que sin carbón no hay reyes magos ..?
Cuando pasé delante de su ventana, abierta y con luz, miré para adentro, claro, aunque claro que también habría mirado si se hubiera tratado de una ventana desconocida. El magnetismo que siente el paseante por los cuadrados de luz y retazos de escenas de la vida cotidiana con el que lo tientan las casas, desde afuera, por la noche.
Juraría que le vi un semblante adusto, de cierta grisura, rutinario. “Ah, look at all the lonely people”. Eleanor Rigby. Pero la melodía ¿venía de dentro de esa ventana o de dentro de mi alma? ¿Aquello era una pantalla o un espejo? “¿Qué vamos hacer para interpretar /el mensaje en morse que lanzan sus casas / ¿Qué vamos a hacer para no cargar / con las mismas cruces y caer en sus mismas trampas?” Me pregunté si era eso lo que estaba viendo. La rutina, la soledad compartida, un gris remiendo de Eleanor Rigby. Pero no estoy segura. Es lo que yo vi, primero en la cara de su amante, al pasarla en el coche, y luego en la de él, una cierta pesadumbre, una cierta melodía de Eleanor Rigby. Quizás lo que vi fuera el futuro. O el pasado. Quizás no. Además, hay dos cosas en la escena presente y pasada que no me quedé a mirar. La parte de los abrazos, la parte de relajarse y dormir abrazados. Me desconcertó no ver entusiasmo. Pero no olvidemos que la conexión está apagada, que el voyeur puede sentir el placer de la omnisciencia hasta que se bajan las persianas y la conexión que ocurre detrás de ellas, entre otros dos seres, le está vedada. Suerte que escribo. Suerte que leo, suerte que escucho música. La música y la literatura espolean mi placer y mi percepción como antes lo hacían sus palabras y sus brazos. Quizás aquel atisbo de grisura no fuera más que un engaño. Tras la cortina estarían las sonrisas, la conexión y el relajamiento que a mí me estaban vedados. “La solitud ens dóna la mesura de les coses.” El prota del libro que hoy terminé de leer acaba por relajarse en los brazos de Yumikoshi tras cerrar su particular círculo de fantasmas. Yumikoshi supe ser yo. Llegar de un día cansado a relajarme entre sus brazos. Ahora la conexión ha sido apagada y hay otra mujer tras las cortinas. Ya no puedo darle mi sexo ni mis palabras a él, así que escribo. Pero “Tot flota en desitg d’acostarse i atreure els altres.” Vaya, hoy sí que estoy llena de canciones. Esta me vino en seguida a la mente cuando Núria me escribió para decirme que “el mundo no es solitario, estamos todos a nuestro lado los unos de los otros, nos necesitamos!” Supongo que sí, pero no siempre estamos disponibles. De ahí quizás esta honda y tremenda necesidad de expresarnos cuando no tenemos una persona entre miles de millones que nos espera o llega a nosotros, por la noche, para comunicarnos.
La superstición me va a hacer lamentarme de haber dicho esto, pero deseé con todas mis fuerzas no conseguir un trabajo fijo, y menos cerca de mi casa. “¿qué vamos a hacer para no caer en sus mismas trampas?” Me dije que la mejor manera de disfrutar la soledad es observando. Observar, sin obsesión, y acabar de completar el puzzle de lo que vemos con la imaginación. La diferencia entre la observación y la obsesión es que, en la primera, lo que no vemos no importa, lo inventamos, mientras que en la segunda, es lo que no vemos lo que nos ocupa la mente. La conexión se está apagando. La obsesión está dejando paso a la observación y el mundo se está ensanchando. Él era mi compañero y mi espejo. Yo era Yumikoshi. Estaba al tanto. Conocía sus aventuras y preocupaciones cotidianas. Él me buscaba en las estelas que yo iba dejando. Ahora tengo la certeza de que nadie mira esas estelas. Ocasionalmente, sí, algún retazo. Todo el amor que tengo, y las palabras, no hay nadie que las esté esperando. Pero todo flota en deseo de acercarse y comunicarse. ¿En verdad no es posible el amor? ¿es una trampa? No, aunque el amor no exista, enamorarse no es una trampa. Es maravilloso. Una conexión que vence la fugacidad. Dura lo que dura, eso sí. La cagamos intentando estirarla, mezclándola con lo cotidiano, usándola de muleta cuando cojeamos en otros planos. En casa de Luisa estaban todos cansados, y de golpe me pareció que los chistes entre ella y Julián eran como obligatorios, sin chispa, apagados. Pensé “triste remiendo” pero me reprendí. No hay una fórmula para interpretar el mundo ni a los humanos. También pensé en el sexo, en cómo el sexo renueva la conexión cada vez, cuando estamos enamorados. Pensé, se irán a la cama, hablarán a solas, se morderán y se follarán y se renovará su conexión. O quizás no, o qué sé yo, no hablo de ellos sino en abstracto. Yo ahora estoy llena de amor y de palabras y de sexo que nadie está esperando. Sht! Silencio, haré callar a cualquiera que intente buscarme un remiendo. Así estoy, plena y consciente, aquí y ahora, sola, sin buscar atajos.


Foto: moi bear
Las canciones (menos la de Roger Mas, que no la encuentro):






jueves, 27 de febrero de 2014

Sintaxis


El presente es una línea divisoria que es preciso olvidar. O te quedás en los espacios entre líneas. Paralizado. En la atracción magnética de una fobia. A los espacios abiertos.

El presente es una descarga eléctrica. Su tacto es encarnizado.

Ya no está.

Hola. Al habla: yo. La hija de la exaltación, una muñeca hiperbólica, un amasijo de terminales nerviosas sin epidermis que las protejan.

Anguila eléctrica
emplea descargas para cazar a sus presas, defenderse y comunicarse con otras anguilas. Hola anguilas. Casi no tiene escamas. Sus órganos eléctricos ubicados en la zona ventral (como los míos) y nativa de América del Sur. Yo también
soy un inventario simple
un te quiero de trazo infantil colgado en la pared; una planta nueva; dos retazos de periódico recortados sin cuidado; un padre muerto; un terror a la esquizofrenia; una cita; un olor a sexo ajeno; siete libros; una extraña añoranza de Carpentier; una oquedad donde antes hubo. Sintaxis.

El mundo, como una culpa, afuera, (no me reclama).


jueves, 2 de enero de 2014

El papel y el placer, Irrupciones Grupo Editor

Photo: El papel y el placer
Recibí El papel y el placer, antología en la que participo. Aunque me sigue pareciendo mala idea eso de incluir una explicación de cada autora sobre la confección del cuento en lugar de una nota biográfica, la verdad es que me sentí un poco avergonzada de mi cinismo al ver el entusiasmo y la valentía de mis compañeras de antología. Excepto por Mercedes Estramil, cuyo texto de backstage es aún más cínico que el mío y cuyo relato es buenísimo y amortiza el gasto de imprenta (me recordó a “La pista de hielo”, de Bolaño), todas mis co-antologadas le echan mucha valentía al asunto en tanto no utilizan escudos. A mí me choca un poco esa onda confesional pero ahora veo que quizás me choque por timidez ajena, cosa que es una tontería. Igual, para mi gusto los textos más logrados son los que evidencian un afán literario en su confección, es decir, los que trascienden la anécdota para incluir una metáfora-guía, una historia sumergida, algo que haga que su lectura no sea conocer una anécdota bien redactada sino que constituya una experiencia en sí misma –sensorial o intelectual, pero que atice de algún modo la percepción. El de Ángeles Blanco también me gustó mucho. Ella cita a Carson McCullers y la atmósfera algo tiene pero a mí me remitió directamente a “Expiación”, de McEwan. Y el de Cecilia Fernández Costa me atrapó, el de Vesna Kostelic´me pareció buenísimo y el de Laura Gandolfo también me gustó.

Como soy una indecisa terminal, mandé dos textos para juicio de la curadora y el editor. Incluyeron “El otro él” y descartaron “Volver”. Acá les dejo el backstage de marras y el cuento descartado (cuya versión preliminar ya había colgado acá). No cuelgo "El otro él" (el cuento incluido en la antología) porque eso sería tirar piedras al tejado del editor. La edición del libro es re linda, yo sinceramente apoginaría.

El otro él


El backstage che nos pidieron:

Esto se está pareciendo a un diván. O a una reunión de Escritoras Anónimas. “Mi nombre es Mariana Font y hace dos días y cinco horas que no me masturbo”. Gracias, hermana. “El verdadero escritor, el verdadero artista, prefiere escribir que coger”. Aleluya. “Llamale H a la rosa que igual va a oler así de bien, decía el Guille, pero si lo hubieran puesto ante la disyuntiva antes habría escrito guiones que olido flores”. Gloria a Dios.
Afortunadamente la disyuntiva es falaz aunque, como toda falacia humana, algo tenga de cierta. ¿Cómo escribí un cuento para una antología cuyo paraguas es “lo erótico y lo sagrado”? Como escribo todo lo demás, supongo: si no escribo reviento, he aquí el porqué y el cómo.
Entrar o no en la antología vino después. “El otro él” es un experimento, como gran parte de lo que escribo y de lo que me gusta leer. En todo caso, las etiquetas se ponen a posteriori y, a mi juicio, tienen poco interés y nunca terminan de pegar bien. Lo importante es que participo en esta recopilación con gusto y libertad (así, de paso, ni ofendo ni temo) y celebro la iniciativa que me permite leer y ser leída. Gracias.

Volver (el cuento 1)

Volver

-Estás muy linda- creo que dijo.

Jugaba Peñarol.

El bar estaba a reventar de gente y de olor a muzzarella. En las mesas se apilaban los vasos y las botellas de cerveza vacías. Nadie comía. Supongo que es imposible pero juraría que todos los presentes tenían la misma cara y el mismo atuendo desalineado –campera de jean raída, pañuelo palestino, barba de tres días. Los había más altos y más bajos, algunos estaban de pie y otros sentados, algunos eran panzones y otros más flacos, pero todos tenían exactamente la misma cara que miraba una pantalla. Las mujeres no. Las mujeres eran distintas. Había una pelirroja de rulos que era un camión, pero nadie se percataba. Sentada a su lado estaba una morocha flaca que se había maquillado lo justo para que pareciera que no. El queso de la pizza, primero blandito y apetitoso, se estaba endureciendo y formaba una costra en el plato blanco de plástico. El mozo vestía su incongruente gala de mozo montevideano –moñita negra, camisa blanca, blazer y delantal. Con su bandeja plateada me clavó un nasal “permiso” y yo me aparté para dejarlo pasar. Metí un poco el ombligo y arqueé  la cadera para hacer sitio, repitiendo el gesto tantas veces practicado en algún CUTCSA. Fue entonces que el lado convexo de mi cuerpo calentó el milímetro de aire que me separaba de Héctor, a la altura exacta de la mano de él, que permaneció anulada dentro del bolsillo de su tapado. La otra se apoyó en la barra, o más bien debería decir que se agarró, intentando evitar que el contacto con mi cuerpo lo atrajera hacia mi cintura breve y la posibilidad de rodearla. Se agarró a la barra y dejó la otra mano en el saco de la misma manera en que había dicho “estás muy linda”: como una constatación, como si hubiera dicho “volvió a perder el Bolso” o “qué cagada lo de tu viejo” o “nunca fuiste mía”, con esa voz cansada que siempre parecía pronunciar una resignación prematura (Nacional siempre pierde, los padres siempre se mueren, vos siempre vas a estar del otro lado).

Mi hermano y sus amigos nos esperaban en Martinelli. No pensaba probar la pizza pero me había ofrecido a ir a buscarla como quien se aferra a su última oportunidad de respirar. No fue premeditado. Iba a ir con un antiguo compañero de escuela que se había ofrecido a acompañarme porque ya había dado el pésame y no sabía bien qué más hacer en el velorio. En la puerta, el comedido saludó a alguien y mientras intercambiaban formalidades yo aspiré una bocanada de la humedad de febrero y empecé a hurgar desesperadamente en la cartera. Todavía no había encontrado los cigarros cuando sentí un olor a champú recónditamente familiar. El lapso que insumió mi mirada en apartarse de la cartera fue de quince años. Cuando mis ojos encontraron los de Héctor yo ya era la pendeja petulante y desvalida que lo necesitaba y lo odiaba. No dijo nada. Se quedó parado ahí, en medio de la devastación. Como siempre, en medio de la devastación. Entonces yo pronuncié lo que los dos ya sabíamos, lo que nos había sacado a ambos de nuestras respectivas post vidas y nos había plantado ahí, en ese lugar fuera del tiempo, en la puerta de la funeraria de un país que ya no era el mío, a dos cuadras del apartamento donde habíamos cogido por última vez, hacía quince años, cuando al dolor yo lo leía en los libros.

-Se murió mi viejo.

Él arrugó apenas la comisura izquierda del labio y se mantuvo callado. Se quedó ahí de pie sosteniéndome la frase y nunca he conocido mayor consuelo. Él estaba ahí. El comedido preguntó algo pero ya no se le escuchaba la voz. No recuerdo cómo lo despaché pero juraría que apreté un botón y se esfumó. Lo siguiente que supe fue que estaba en un bar con Héctor esperando las pizzas  y la gente era como un televisor encendido que nadie mira.

-Estás muy linda – dijo a modo de pésame. El pésame que prematuramente me había dado el día que lo desvirgué en el living. La primera mujer, la venerada, condenada a ello desde el primer día, cogiendo para el recuerdo. Antes de dejarlo yo ya era su Beatrice, su Dulcinea, la mujer a la que siempre se vuelve, pero solo en sueños. “Fuiste la única a la que quiso mi vieja” me había dicho un día, orgulloso casi, como si fuera un piropo. Los clichés duelen el doble porque, encima, son clichés, y ahí estábamos los dos con la frente marchita. “Supe antes de conocerla que la perdería … mi Señora de la Eterna Pena”. Hasta la otra punta del mundo me había tenido que ir, y ahora parecía que solo me había ido para poder volver.

Estaba más rubio y más gordo que nunca. Tenía los labios carnosos del color de la rodilla pelada de una niña. Detrás de las mejillas firmes asomaban dos ojos agudos como alfileres. La barba rojiza se le enrulaba al surcarle la boca (parecía el pubis de una noruega) y el pelo largo y rizado, recogido en una coleta, completaba su estampa de vikingo (si me dijeran ahora que aquel día llevaba dos trenzas y un casco metálico, no me sorprendería). Ya sé que es soez pero tuve ganas de chupársela ahí mismo. Me lo imaginé sentado con las piernas levemente abiertas, agarrándome por el pelo para hacerme subir y bajar la cabeza mientras me miraba desde arriba. Me sonrojé y bajé la vista un microsegundo, para volverla a alzar rabiosa y triunfal sobre el cadáver de Jane Austen y Marguerite Gautier. Al carajo la modosidad. Ahora seguía roja pero de rabia. A punto estuve de girarle la cara ahí mismo, de escupirle sonoramente al lado del ojo, romperle la nariz de una trompada y entonces, cuando le estuviera bajando un hilito de sangre, agarrarle la mano con la que él habría atinado a cubrirse la nariz lastimada y empotrársela en mi entrepierna apretándole el dedo mayor contra la nervadura del vaquero. “Vos siempre el mismo contenido hijo de puta, ¿qué mierda hacés diciéndome que estoy linda con la mano en el bolsillo?”

Pero mi padre se había muerto y todavía no estaba enterrado. Lo estaban velando a cajón abierto en una funeraria que apestaba a aromatizador de taxi. Y el que estaba frente a mí era Héctor, no un desconocido con olor a colonia que me podía coger sin peajes en el baño de un avión. Quería pedirle que me sacara de ahí, que por favor no volviéramos al velatorio abarrotado, ni a mi familia ni al cadáver cianótico de mi padre. Que me llevara a un telo y me la clavara sin contemplaciones, obligándome a las posturas que se había imaginado mil veces cuando manchaba los cómics. Casi le rogué que me mordiera y me prensara, que me agarrara con sus manos grandes como a un pajarito caído del nido y probara a ver hasta dónde podía apretar mi calidez palpitante, que palpara mi cuerpo para comprobar la mejoría de los años, lo vivo que estaba, lo ávido por años de haber cogido buscando algo que no encontraba, algo que solo me podía dar él porque solo él podía ser todos los hombres a un tiempo, su abolición mejor dicho, nuestra venganza de él, nuestro imposible triunfo. Ah, pero Héctor siempre “sabía mejor” -como en inglés, como en la más cursi y cierta de las canciones.

Entonces se fue la luz. Todo el bar quedó a oscuras y, desde la acera de enfrente, el cartel luminoso de una farmacia nos alumbró la cara. Todo su rostro quedó arrebolado por el rojo del letrero, igual que nos quedaban las caras a él y a mí después del sexo, allá entonces, mis mejillas raspadas por su barba incipiente, su cara rubicunda rosada de agitación e incredulidad. Iba a agarrarlo por fin de la nuca y romperle la boca cuando el letrero fluorescente cambió de color y su rostro, hacía un segundo encendido, se volvió verde y ojeroso y de pronto me pareció que estaba mirando un cadáver. El cadáver prematuro de Héctor.

El letrero ya no volvió a ponerse rojo.

Volvió el sonido. Entraron en escena las voces y los otros. Alguien sintonizó la radio justo a tiempo para gritar el último gol.