jueves, 5 de junio de 2014

a taste of kami

"Soy una persona extremadamente cabal, a mi manera. [...] Por otra parte, hay personas que se ven arrastradas por esa cabalidad que llevo dentro. Son escasas, pero existen. Esas personas –sean hombres o mujeres- y yo nos atraemos y después nos alejamos con toda naturalidad, como astros errantes en el oscuro espacio del cosmos. Vienen a mí, se relacionan conmigo y un buen día se marchan. Se convierten en mis amigos, mis amantes, mi mujer. Algunos también pueden volverse enemigos. Pero, al final, siempre se alejan de mí. Se rinden o se desesperan o se quedan callados (aunque se abra el grifo, ya nada sale) y se marchan. Mi vivienda tiene dos puertas. Una de entrada y otra de salida. No son intercambiables. No se puede salir por la entrada o entrar por la salida. Así está establecido. La gente entra por la entrada y sale por la salida. Hay distintas formas de entrar o salir. Pero al final todos salen. Algunas personas lo hacen a fin de probar nuevas posibilidades y otras para ahorrar tiempo. Otras porque se mueren. No queda nadie. En mi apartamento no hay nadie, aparte de mí. Y siempre noto la ausencia de los que se han marchado. Las palabras que pronunciaron, sus alientos, las canciones que susurraron, las veo flotar como polvo en cada rincón de mi apartamento.
Me da la impresión de que la imagen que todos ellos tenían de mí era bastante precisa. Por ese motivo todos se acercaron a mí y al poco tiempo se marcharon. Fueron testigos de mi cabalidad y de la honestidad –no se me ocurre otra palabra- con que intenté preservar esa cabalidad. Ellos intentaron decirme algo y abrirme sus corazones. Casi todos eran amables. Pero yo fui incapaz de ofrecerles nada. Y aunque hubiera sido capaz, no habría sido suficiente. Me esforcé en darles todo lo que podía. Hice cuanto estaba a mi alcance. A mi vez, buscaba algo en ellos. Pero nunca funcionaba y acababan marchándose.
Era penoso, sin duda.
Pero lo más penoso es que se marchaban mucho más tristes que cuando habían llegado. Algo en su interior se había gastado un poco más, y se iban. Yo me daba cuenta. Por extraño que pueda parecer, daban la impresión de haberse desgastado más que yo. ¿Por qué será? ¿Por qué siempre soy yo el que se queda? ¿Y por qué en mis manos permanece siempre la sombra de los que se han desgastado? No tengo ni idea.
            Los datos son insuficientes.
            Por eso siempre se me deniegan las respuestas.
            Falta algo.
...........
           Dentro de poco me encontraré en alguna patre con alguna otra mujer, me dije. Nos atraeremos de forma natural, como dos astros errantes. Entonces volveremos a esperar en balde un milagro, perderemos el tiempo, desgastaremos nuestros corazones y nos despediremos.
......
         Me pregunté, sin embargo, qué importancia tenía la justicia en el terreno del sexo Porque, efectivamente, si uno le pidiera ecuanimidad al sexo, más valdría convertirse en ese musgo verde que crece en las peceras. Así todo resultaría más fácil.
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          Tragué saliva. Se oyó un estruendo, como si un bate de acero hubiera golpeado un gran bidón. ¿Sólo por tragar saliva? Los ruidos reverberaban de un modo extraño
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           -Te lo diré con otras palabras: si no quisieras venir, este lugar no existiría.
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         -Todo lo que uno ha perdido. Lo que uno todavía no ha perdido. Este lugar lo une todo.
El hombre carnero agistó la cabeza en silencio y, al hacerlo, las orejas postizas se le sacudieron.
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        -¿Propensiones?
       -Eso es. Propensiones . Un servidor cree que, aunque volvieras a empezar, al final acabarías haciendo lo mismo. Es una propensión.
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Sí. A eso ahora le llaman evadirse de la realidad. Pero no tiene nada de malo. Cada uno hace con su vida lo que quiere. Si tienes claro lo que deseas, debes vivir tu vida a tu manera. No importa lo que digan los demás. Que se pudran y se los coma un cocodrilo. Así pensaba cuando tenía tu edad, y sigo pensando lo mismo. Tal vez porque no he madurado, o tal vez porque siempre he tenido razón. Aún no lo sé. 

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Me reprochaba mi imperfección, esa naturaleza arbitraria y pasiva. Se exasperaba. Nos iba bien, pero entre lo que ella deseaba lo que ella se había forjado en su mente, y yo, había una diferencia abismal. Ella deseaba algo así como autonomía comunicativa. Escenas en las cuales la comunicación iza una bandera blanca e impoluta y guía a la gente hacia una esplendorosa y pacífica revolución. Una situación en la que la perfección engulle a la imperfección y la cura. Ése era su ideal del amor. El mío era distinto, por supuesto. Para mí, el amor es un concepto puro de cuerpo patoso que a través de una maraña de cables subterráneos, líneas eléctricas o lo que sea, logra finalmente conectar con algo. Algo sumamente imperfecto. 
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En el fondo creo que nunca he elegido nada por mí mismo, que todo ha venido dado, que simplemente he interpretado los papeles que me han caído en las manos. Cuando de noche me despierto y pienso en eso, me entra pánico. ¿Quién soy yo? ¿Cómo soy, en esencia? ¿Quién lleva las riendas de mi vida? [...] Pero las cosas han ido así. Es curioso. Tenía toda la baraja delante de mí. Podía escoger la carta que mejor me pareciera. Creía que con cualquiera me iría bien, y confiaba en mis posibilidades. Tanto que, al final, no elegí ninguna.
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-Creo que pensar así es una tontería-le dije-. En vez de sentir ahora remordimientos, deberías haberlo tratado bien desde un principio. Al menos tendrías que haberte esforzado en ser justa con él. Pero no lo hiciste, así que no tienes derecho a sentirlos. En absoluto.
Yuki me miró con los ojos entornados.
-Quizás esté siendo demasiado severo. Pero es que no quiero que la gente piense de esa manera tan estúpida. Mira ¿sabes qué? ... Lo único cierto es que si yo fuera Dick North, no querría que te remordiese la conciencia. No querría que dijeses a los vivos "oh, qué cruel he sido". Es una cuestión de cortesía.
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Por desgracia, sí. No se detiene. El pasado crece, el futuro mengua. Las posibilidades disminuyen, los remordimientos aumentan.
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A veces siento algo así como la sombra de la muerte - le dije-. Es una sombra muy densa. Como si la muerte me pisara los talones y en el momento menos pensado pudiera alargar los brazos y agarrarme los tobillos. Pero no tengo miedo. Porque nunca se trata de mi muerte. Siempre agarra los tobillos de otra persona. Pero, cada vez que alguien muere, siento que mi existencia se descarría un poco más.
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Y de pronto sentí una presencia, como si hubiera alguien más en la habitación. Percibí con nitidez su calor corporal, su respiración, el tenue olor que desprendía. Pero no era humano".
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Haruki Murakami, Baila, baila, baila.

domingo, 18 de mayo de 2014

De la mano de Laura

El verano de los nacimientos. Atrás quedaron nuestros muertos. Atrás y debajo, como una corriente subálvea, un rumor de conversaciones mantenidas o escuchadas a hurtadillas, en la larga noche de la infancia cuando la hermana era el único par en un mundo que era nuestro y era extraño.
Una vez nos levantamos antes que ellos, hicimos un hatillo con lo importante (una muñeca, una camiseta vieja y gastada por ser la preferida, la llave que daba cuerda a una cajita de música). No llevábamos comida, ni zapatos. Nos íbamos, y el suelo de baldosas era frío y bienvenido. Más allá del zaguán estaba lo desconocido.
No nos dejamos penetrar por el mundo. El sol no calentaba y las persianas estaban todas bajadas. No había mundo, ni sol, solo el deseo de irse, de dejar a los padres en la habitación prohibida, bajo la colcha estudiada hasta el cansancio en las tardes de la siesta obligada en las que el mundo era el deseo. Un ansia vana, gestada entre las cuatro paredes que escuchaban la voz de la hermana leyendo a Horacio Quiroga, hablar de la selva de Misiones y de la mujer, enferma, a quien le sorbía la vida un almohadón de plumas.
Nos fuimos descalzas. Pisamos. La acera rota y sucia. Pero no pasamos de la primera manzana. Porque salía el sol, impúdico, y la gente se despertaba. Así que volvimos. Hicimos por primera vez y mal el desayuno. Nuestro pequeño triunfo fue estar en la cocina antes que ellos. Compartir el secreto de que había lapsos de oscuridad y exteriores que ya eran nuestros.

Hermana, mi único par, se mueren los padres y nacen los hijos.

jueves, 15 de mayo de 2014

Entre diente y diente

Entre diente y diente

Se le ha vuelto a meter una cosa entre diente y diente. Un residuo, una partícula perceptible. Sube al autobús con un discreto rictus de succión la boca. ¿Qué le debo? Pregunta al chófer. Dos euros y una sonrisa, contesta él coqueteando. Ella sonríe sin enseñar los dientes. Se dirige hacia el final, por el pasillo. El ordenador portátil se bambolea y golpea la rodilla de una señora opulenta. Disculpe, dice con prisa, ocupada en llegar cuanto antes a la intimidad de su asiento. Coloca el ordenador en el portaequipajes y la mochila en el asiento libre de al lado. Se sienta y espera a que el coche arranque. Segura de que nadie la ve, busca en su cabellera el pelo más largo y grueso que encuentra y se lo arranca. Lo enrolla entre los anulares y lo hace deslizar entre las muelas, ejerciendo una suave presión con los índices. El improvisado hilo interdental se rompe. Ahora, a los residuos de comida se suma un trozo de pelo. Mierda. Se toca la oreja derecha y comprueba que lleva puestos los aritos negros. Se saca el derecho con una sola mano, con un gesto del pulgar y el índice lo abre y se dispone a usarlo de mondadientes. Se lo mete entre los dientes embozados. El metal rasca un poquito el sarro pero la partícula perceptible se resiste. Hurga más hondo, ya casi la tiene, ya sale por el otro lado.
Y en eso el autobús hace una parada. Con horror, ve subir a Víctor. Lo ve saludar al chófer y comprar su boleto para Barcelona. Tira del arito hacia afuera, pero está atascado. Que no cunda el pánico, se dice, y vuelve a estirar. Nada. El perno del arito está en curva y la parábola es demasiado grande, lo que ha entrado ya no quiere salir. Quizás si lo empuja hacia adentro podrá tocar la punta por el otro lado de los dientes y empujarla hacia afuera. Con el dedo lo empuja hacia adentro y con la punta de la lengua doblada empuja la punta que asoma del otro lado. Nada. Solo ese gesto soez de quien intenta limpiarse los dientes después de comer un asado, algo parecido a hurgarse la nariz, el opuesto de la sensualidad. Piensa en sus amigos de adolescencia, empujando por dentro la mejilla con la lengua, creando un bulto, mientras ponían la mano casi cerrada en un puño delante de la boca y la movían hacia adelante y hacia atrás, el gesto soez y universal que significa sopla pollas o chupa pijas (peninsular o sudamericano, el gesto es el mismo). Víctor avanza hacia ella. Ella tiene un arete entre los dientes y se lo está empujando con la lengua. Si habla, el arete va a brillar como el diente de oro de un macarra. Adiós imagen de mujer sofisticada. ¿Y cómo lo explica? Quizás podría ser la prueba definitiva, el portal a franquear. Si es capaz de sonreirle a Víctor con un arete entre los dientes y explicarle que se los estaba mondando, primero con un pelo y luego con la joya, si pueden reír mientras él la ayuda a quitarse el arete incrustado -tiene un flash de que él se lo quita con la lengua de un morreo-, si... No. No quiere compartir semejante intimidad a plena luz del día y sin un romance previo. No seas soez, Valdés. Intenta por última vez empujar el perno curvo hacia afuera con la punta de la lengua y… lo consigue. Se saca el arete de la boca justo a tiempo de estárselo colocando coquetamente en la oreja para cuando Víctor llega al asiento libre que queda al otro lado del pasillo, a la misma altura de donde está sentada ella. Se saludan y ella tiene una sonrisa pícara y triunfal, de alivio. No sonríe por alivio sino porque sabe que eso que se acaba de prometer, en el momento álgido del pánico en el que Víctor estaba a un metro y medio y el arete no salía, eso que se dijo muy en serio -no me vuelvo a mondar los dientes con el arete nunca más-, es mentira podrida. Reincidirá. Lo sabe y por eso sonríe.

sábado, 3 de mayo de 2014

insania

En mi casa había infinitos libros de pintura. El número podía contarse, pero los libros no tenían fin. No puedo saber las horas que pasé examinando los cuadros de El Bosco, pero si algo tengo claro es que es mentira podrida que el surrealismo aparece en el 1900. John Lennon dijo en una entrevista que el surrealismo le produjo una profunda impresión porque se dio cuenta de que las imágenes que poblaban su mente no eran insania. Si pudiera elegir un superpoder, un don de entre todos los posibles, eligiría saber dibujar.
Ahora que hay internet ya no se estila pasar la tarde hojeando libros y enciclopedias. Pero a Dios pongo por testigo que si me gano la lotería voy a atiborrar mi casa con libros de pintura, para que mi hija tenga la posibilidad de toparse con ellos.

Otro recuerdo y los dejo. (Está bien, dos más). Santa Águeda de Zurbarán. Una mujer llevando sus senos en una bandeja. Horas y horas mirando incrédula esa pintura tan desasosegante y el vínculo remoto con una cierta sensualidad, algo que temía enfermo, entre esa pintura y las obras completas del Marqués de Sade. Lennon, sí, no es insania, el arte es catalizador y espejo de las emociones más extrañas y mezcladas.

sábado, 19 de abril de 2014

Aimerais-tu t'évader?

Pertenece a los tópicos de la crítica cultural moderna juzgar el escapismo como una pulsión irresponsable ante los imperativos del principio de realidad, susceptible incluso de degenerar en estados patológicos de disociación. 

Sin embargo, algunos de estos planteamientos parecen no haber comprendido un hecho antropológico previo a cualquier juicio de valor: que el ser humano es un animal inquieto que necesita ausentarse provisionalmente de una realidad generadora de dolor y angustia y que algunas formas de evasión desempeñan una función valiosa incluso desde el punto de vista de la supervivencia.
(de la reseña de “Escapismos”, de Yi Fu Tuan)

En va espereu que els dies
prodiguin meravelles.
No hi ha ocells, asseguro,
ni flors en la nit alta.
Només crit uniforme
de l’ombra, pedra grisa
i, en vosaltres, crepuscles
descolorits que us burxen
fatalment les espatlles.
Hi ha un remei: evadiu-vos.
Evadiu-vos! No us manquen
pas espills ni vehicles
per fer la prova.
Altrament, no puc dir-vos
cap secret de l’ofici.
Sóc antic i vosaltres
no em podríeu comprendre.

En vano esperáis que los días
prodiguen maravillas.
No hay pájaros, aseguro,
ni flores en la noche alta.
Solo grito uniforme
de la sombra, piedra gris
y, en vosotros, crepúsculos
descoloridos que atizan
fatalmente vuestros hombros.
Hay un remedio: evadíos.
¡Evadíos! No os faltan
espejos ni vehículo
para hacer la prueba.
Aparte de eso, no puedo daros
ningún otro secreto del oficio.
Soy antiguo y vosotros
no podríais comprenderme.


De Paraules al vent, Miquel Martí i Pol

Edith Piaf, la Amy Winehouse de la chanson française:

martes, 8 de abril de 2014

El efecto abrasivo

Foto: Samuel Aranda

El efecto abrasivo (variación sobre el reflejo de un fluorescente y una pietà moderna)

Los destellos de la ambulancia sobre la cara herida de la ex son los mismos que cuando cogían, hace quince años, iluminados por el fluorescente de la farmacia de enfrente. En aquel entonces hubo una noche en que ella se le prefiguró como un cadáver, cuando la cruz se puso verde, y ahora, en cambio, la luz roja de la ambulancia vuelve a arrebolarla como una hoguera, creando la ilusión de una cara joven -ahora que ya no la tiene, que no la tendrá nunca más- cuando en cambio aquella vez él vio en el rostro de ella a la madre seca, enjuta, el negativo de la voluptuosidad, como esos dibujitos en que el gato mete el dedo en el enchufe y se le ve el esqueleto por un segundo. No, el tiempo no existe, porque ahora, arrodillado en el pavimento duro, la cara de ella encendida por la luz de la ambulancia parece la de las tardes remotas cuando era suya. Esas tardes en que ella llegaba de trabajar y se saltaba el almuerzo, se iba con la cerveza en la mano directa a bajarle los pantalones y a montarlo, y se le quedaba la cara enrojecida por el roce de la barba de tres días. ¡Cómo le gustaba a ella eso, al principio! Se restregaba contra su cara y él le mordía los pómulos. Ella quería que la mordiera, que la marcara, qué poco se imaginaba que quince años después se iba a estar poniendo base y hasta averiguando en internet cómo sacarse esas “ desagradables manchas de la cara debidas al efecto abrasivo del sol y los elementos”.
No, el tiempo sí existe, y tiene el mal gusto de pasar como un lugar común. Como en un mal tópico, ella había cambiado las siestas sin almuerzo por la cara larga de alguien que lleva horas esperando, y los poemas dentro de la nevera por listas de tareas del hogar. Todavía hay que agradecer que la felicidad duró demasiado. Con el primer hijo todavía hubo siestas. A veces él no esperaba a que el bebé se durmiera. Le metía la lengua y después el dedo hasta el fondo mientras ella aún lo tenía en la teta. Solo con él habría sido posible, otro no se habría atrevido, a otra no le habría gustado, le habría parecido quizás obsceno. El sexo nunca había sido un problema. El problema, justamente, fue el deseo. El deseo de ella parecía no tener límite. Y con el segundo hijo, y las obligaciones, ella empezó a increparlo porque nunca estaba, y él empezó a irse para no ser increpado. ¿Cómo fue que pasó? No habría costado nada relajarse al final de la jornada, pero el deseo se volvió una jaula de la que él solo supo salir huyendo.
Después la admiró. Transcurridos los años del llanto y del reproche de ella, él se jactaba ridículamente de que la madre de sus hijos era la mujer más inteligente con la que jamás se había topado. Ella, en cambio, lo dejó de admirar casi enseguida. Superada la obsesión primera, vibrante y enferma como un caballo desbocado, un buen día lo vio pequeño. De repente sus comentarios le parecieron evidentes, insípidos, y sus chistes, desesperados.
Él se volvió a casar enseguida, como suelen hacer los mujeriegos, se aferró a una nueva mujer a quien deslumbró y por quien fue deslumbrado, al principio, intensamente, en cuyos brazos lloró también alguna vez, como lo había hecho con ella, como hacía siempre que se permitía ser el niño desamparado que era con una polla que mandaba sobre él.
Primero la odió, antes de la admiración. La odió porque ella lo sabía todo, lo sabía siempre, lo leía como un párrafo en Times New Roman 12, así de claro, conocía su historia, sus miedos, las oquedades de su cuerpo, jugaba en la venerable y odiada liga de la familia, de la madre a la que no se le puede ocultar nada. La odió y luego la admiró, como se admira a una bisabuela.
Ahora está tirada en el asfalto, con la pierna doblada contra natura y la cara de hace veinte años, y hay un revuelo de paramédicos que se la empiezan a llevar en una camilla mientras él grita como un loco que no, que no se la lleven, que no se la lleven como se llevaron a su madre, tapada con una sábana, que no se la arranquen, que no lo dejen ahí solo bajo la lluvia, un niño enfurruñado, desamparado, un loco, un sin techo pregonando la historia de su vida a unos oídos ajenos que no escuchan, a unos ojos que no lo ven, no se la lleven, a ella no, a ella que hace veinte años que es mi pilar, a ella no, no se la lleven, a ella que conoció a mi madre, a ella que me sostiene, a ella a la que no hay que explicarle nada porque todo lo entiende, a ella no, carajo, a ella no, tachero hijodeputa dónde está que lo mato, suéltenme carajo, a ella no, no se la lleven [y en eso llegan sus hijas, huérfanas de madre recién muerta, y entre las dos le agarran las manos desolladas de aporrear primero la ambulancia y luego el pavimento, lo levantan de la acera, casi se diría que lo levantan en andas, y, entre las dos, se lo llevan a él de la escena ya vacía].

sábado, 29 de marzo de 2014

Ya está aquí



"Ya está aquí .. 
¿Quién lo vio bailar como un lazo en un ventilador? 
¿Quién iba a decir que sin carbón no hay reyes magos?" 


Te sentís omnisciente cuando sos vendedor viajante. Compartís una cierta intimidad de la soledad con los parroquianos de rutina y los profesores itinerantes. Ser profesora itinerante tiene algo de los cuentos de fonda, esos a los que llegan los que están de paso, como a El Pony Pisador. La segunda noche la señora del hostal me preparó una sopa, “para la maestra”. La primera noche cuando salí del instituto no quedaba nadie por el pueblo ni por la carretera que lo corta por el medio. Estuve tres días y comí en 3 bares diferentes. Los tres los regenteaban mujeres, dos de ellas demasiado viejas para el flirteo y la tercera, sin vocación para él, de nacimiento. Tras la primera noche desayuné en un bar donde había un hombre muy guapo, alto y de voz grave, con una coleta larga atravesada por varias gomas en distintos puntos, como se usaba en los primeros noventa, barba también, una voz grave con acento local y un aire de paz. Me pregunté qué hacía en el bar un día de semana por la mañana en actitud de tener todo el tiempo del mundo. No me dio charla de entrada. Eso me gustó. La noche anterior, en el instituto, todos los profes desfilaron para saludar a “la sustituta” y casi diría que fueron demasiado solícitos. Este pibe no. Tampoco fue calculadamente indiferente. Simplemente continuó allí, sin esa curiosidad desesperada de los otros, con la templanza de las cantinas de pueblo acostumbradas a ver pasar forasteros sin coserlos a preguntas. No sé cómo fue que empezamos a charlar, así, entre todos, charla de bar. La regenta y una parroquiana hablaron de sus perritos. La parroquiana enseñó el chalequito que le había comprado al suyo para que no pasara frío. El guapo tranquilo con aire de ex metalero místico no mostró condescendencia, no buscó la complicidad de la burla o el sarcasmo. Eso me gustó. Parecían conocerse, todos, de toda la vida. La hija de la parroquiana entró a tomar un cortado con su madre antes de ir al trabajo. Calculo que pasaría de los cuarenta o cuarenta y cinco, aunque es difícil decirlo. Sin duda no era joven, pero además estaba teñida y maquillada sin provocación, vestida como de oficina, correcta y maquillada pero nada sexy, vestida como con resignación. Ella sí se dirigió al ex metalero con un cierto nerviosismo de tensión sensual. Él, impávido. Luego la cuarentona se fue con su madre. La regenta, el guapo, un señor que tomaba un cortado de pie y yo, nos quedamos. El señor le preguntó al guapo algo sobre cómo estaba su mano. Él la levantó un poco y se la palpó y por primera vez reparé en que la tenía vendada. Como mi rodilla hace unas semanas, pensé, recordando los vermuts en muletas en el bar de la plaza. Entonces entendí qué hacía en el bar con todo el tiempo del mundo. Yo pregunté si en el ayuntamiento me darían algún mapa y así empezó la conversación entre la regenta, él y yo. No me resultó un recurso barato, pero no pude dejar de darme cuenta de que le salió el comentario porque estaba yo, cuando nombró a Andy Warhol. Lo dijo para ilustrar cómo de pueblerina era la biblioteca que la bibliotecaria no sabía quién era Warhol. Pero enseguida, aunque con naturalidad, aclaró que él no es que fuera ningún cultureta, pero no saber quién es Warhol.... Me indicaron algunos sitios lindos para ver, pero los citaron de la manera más prosaica, sin desgana ni entusiasmo. Cuando me fui, el guapo dijo algo así como que adiós y que quizás nos viéramos por allí, con la misma mansedumbre con la que había entablado conversación. Con la misma paz. Pensé que quizás volviera al día siguiente a desayunar. Pero ya no volví.
En el instituto uno de los profes me estuvo contando sobre sus viajes con su flamante esposa. Un tipo enorme y bonachón, rayando los dos metros de altura y los cincuenta años. Otro más joven y muy musculado quiso lucirse descaradamente hablando de sus escaladas y hábitos deportivos. La última noche me dio indicaciones para volver a casa, y a la hora en que acabé el trayecto me mandó un mensaje para preguntarme si había llegado bien. Se lo agradecí internamente, pero ni siquiera me hizo ilusión que se ocupara. Seres solitarios comenzando a envejecer. Sin siquiera embrión de conexión.
Creo que la carretera fue lo mejor de todo el viaje. No, no estoy segura, ver a la gente en la intimidad de la noche también. Lo mejor fue la omnisciencia. Esa distancia que solo la da el llegar de lejos, de otro sitio y de otra rutina. Llegar y ver primero las luces del pueblo, el contorno entero del pueblo desde afuera, para luego ver los cuadraditos de luces de las casas, y finalmente entrar en alguno, en algún instituto, en algún bar, en alguna cama.
El camino de vuelta se me hizo corto. Fui escuchando el Flashpoint de los Rolling Stones y luego el Death to the Pixies. La omnisciencia que da la carretera, que da luego entrar en tu pueblo por la noche, cuando todo el mundo está en sus casas. Ver la luz encendida en la ventana de Biel, la furgoneta de Claudia y de Luisa aparcadas ya para la noche, la casa de Andrés como una tele porque es un bajo y se ve hacia adentro. Llegando a Cardòs conduje un rato detrás de un coche pequeñito como el mío. Me pregunté quién iría dentro. De a ratos se iba tan hacia el centro de la carretera que me pregunté si el conductor se estaría quedando dormido. No, no era de dormido el zigzagueo lento. Qué peligro, pensé. Cuando llegamos a Cardòs se me ocurrió que podía ser el coche de la nueva amante del que hace un mes era mi hombre (sí, ya sé que no es políticamente correcto eso de “mi hombre”). Pensé, anda, si esto fuera Mullholland Drive quizás haría caer el auto al río. Si fuera un cuento, podría matarla. Pero era demasiado evidente como recurso literario. Y demasiado lejos de mi afán. No, yo estaba gozando del poder de la omnisciencia, placer mayor que cualquier otro que conozca, voyeurismo diría que literario. Cuando aparcó y yo pasé de largo no pude evitar mirar hacia dentro del coche. Sí, era ella en su coche gris y con tremenda cara de cansancio. Una expresión apagada, de profesora que vuelve a casa tarde tras una jornada larga. Inmediatamente me vino a la mente Eleanor Rigby. “Ah, look at all the lonely people”. Pero no era más que el reflejo de mi alma. Llegué al pueblo a tiempo de ir a saludar a Luisa por su cumpleaños. Los amigos que quedaban también tenían cara de cansados y de fumados. Me hice un canuto para relajarme y sentir que había llegado a casa. Al irme pasé por delante de la puerta de mi reciente amigoamante. Hacía unas horas, antes de acometer la carretera, le había enviado un mensaje diciéndole que se pillara fiesta de su chica para yo colarme en su cama. Me contestó con una claridad que no le había conocido hasta ahora. “Gracias por el ofrecimiento nocturno pero no esta noche. No puedo y no quiero. Nos vemos mañana”. Creo que fue generoso al ser tan claro. Me pregunté si él ya era así o si de alguna manera era yo quién se la había mostrado, esa generosidad. Quizás pensar eso fue una especie de crédito consuelo, como esas ex que patéticamente dicen “yo le enseñé todo lo que sabe”. En todo caso, fue rasamente claro. La conexión, nuestra conexión, la está apagando. Yo tenía ganas de contarle mis andanzas, de fumarme porro con él y relajarme entre sus brazos. Y sí, también de bucear en su boca y en sus palabras, de escucharlo y tocarlo, de sentir una vez más cómo intentaba metérseme adentro, buscarme. Pero la desconexión llegó. “Ya está aquí / ¿Quién lo vio bailar como un lazo en un ventilador ..? /
¿Quién iba a decir que sin borrón no hay trato ..? / El futuro se vistió con el traje nuevo del emperador. / ¿Quién iba a decir que sin carbón no hay reyes magos ..?
Cuando pasé delante de su ventana, abierta y con luz, miré para adentro, claro, aunque claro que también habría mirado si se hubiera tratado de una ventana desconocida. El magnetismo que siente el paseante por los cuadrados de luz y retazos de escenas de la vida cotidiana con el que lo tientan las casas, desde afuera, por la noche.
Juraría que le vi un semblante adusto, de cierta grisura, rutinario. “Ah, look at all the lonely people”. Eleanor Rigby. Pero la melodía ¿venía de dentro de esa ventana o de dentro de mi alma? ¿Aquello era una pantalla o un espejo? “¿Qué vamos hacer para interpretar /el mensaje en morse que lanzan sus casas / ¿Qué vamos a hacer para no cargar / con las mismas cruces y caer en sus mismas trampas?” Me pregunté si era eso lo que estaba viendo. La rutina, la soledad compartida, un gris remiendo de Eleanor Rigby. Pero no estoy segura. Es lo que yo vi, primero en la cara de su amante, al pasarla en el coche, y luego en la de él, una cierta pesadumbre, una cierta melodía de Eleanor Rigby. Quizás lo que vi fuera el futuro. O el pasado. Quizás no. Además, hay dos cosas en la escena presente y pasada que no me quedé a mirar. La parte de los abrazos, la parte de relajarse y dormir abrazados. Me desconcertó no ver entusiasmo. Pero no olvidemos que la conexión está apagada, que el voyeur puede sentir el placer de la omnisciencia hasta que se bajan las persianas y la conexión que ocurre detrás de ellas, entre otros dos seres, le está vedada. Suerte que escribo. Suerte que leo, suerte que escucho música. La música y la literatura espolean mi placer y mi percepción como antes lo hacían sus palabras y sus brazos. Quizás aquel atisbo de grisura no fuera más que un engaño. Tras la cortina estarían las sonrisas, la conexión y el relajamiento que a mí me estaban vedados. “La solitud ens dóna la mesura de les coses.” El prota del libro que hoy terminé de leer acaba por relajarse en los brazos de Yumikoshi tras cerrar su particular círculo de fantasmas. Yumikoshi supe ser yo. Llegar de un día cansado a relajarme entre sus brazos. Ahora la conexión ha sido apagada y hay otra mujer tras las cortinas. Ya no puedo darle mi sexo ni mis palabras a él, así que escribo. Pero “Tot flota en desitg d’acostarse i atreure els altres.” Vaya, hoy sí que estoy llena de canciones. Esta me vino en seguida a la mente cuando Núria me escribió para decirme que “el mundo no es solitario, estamos todos a nuestro lado los unos de los otros, nos necesitamos!” Supongo que sí, pero no siempre estamos disponibles. De ahí quizás esta honda y tremenda necesidad de expresarnos cuando no tenemos una persona entre miles de millones que nos espera o llega a nosotros, por la noche, para comunicarnos.
La superstición me va a hacer lamentarme de haber dicho esto, pero deseé con todas mis fuerzas no conseguir un trabajo fijo, y menos cerca de mi casa. “¿qué vamos a hacer para no caer en sus mismas trampas?” Me dije que la mejor manera de disfrutar la soledad es observando. Observar, sin obsesión, y acabar de completar el puzzle de lo que vemos con la imaginación. La diferencia entre la observación y la obsesión es que, en la primera, lo que no vemos no importa, lo inventamos, mientras que en la segunda, es lo que no vemos lo que nos ocupa la mente. La conexión se está apagando. La obsesión está dejando paso a la observación y el mundo se está ensanchando. Él era mi compañero y mi espejo. Yo era Yumikoshi. Estaba al tanto. Conocía sus aventuras y preocupaciones cotidianas. Él me buscaba en las estelas que yo iba dejando. Ahora tengo la certeza de que nadie mira esas estelas. Ocasionalmente, sí, algún retazo. Todo el amor que tengo, y las palabras, no hay nadie que las esté esperando. Pero todo flota en deseo de acercarse y comunicarse. ¿En verdad no es posible el amor? ¿es una trampa? No, aunque el amor no exista, enamorarse no es una trampa. Es maravilloso. Una conexión que vence la fugacidad. Dura lo que dura, eso sí. La cagamos intentando estirarla, mezclándola con lo cotidiano, usándola de muleta cuando cojeamos en otros planos. En casa de Luisa estaban todos cansados, y de golpe me pareció que los chistes entre ella y Julián eran como obligatorios, sin chispa, apagados. Pensé “triste remiendo” pero me reprendí. No hay una fórmula para interpretar el mundo ni a los humanos. También pensé en el sexo, en cómo el sexo renueva la conexión cada vez, cuando estamos enamorados. Pensé, se irán a la cama, hablarán a solas, se morderán y se follarán y se renovará su conexión. O quizás no, o qué sé yo, no hablo de ellos sino en abstracto. Yo ahora estoy llena de amor y de palabras y de sexo que nadie está esperando. Sht! Silencio, haré callar a cualquiera que intente buscarme un remiendo. Así estoy, plena y consciente, aquí y ahora, sola, sin buscar atajos.


Foto: moi bear
Las canciones (menos la de Roger Mas, que no la encuentro):